
Caminamos sobre una verdadera alfombra de flores, disfrutando del frescor y la penumbra de los árboles floridos y absorbidos por el mágico ambiente, nos introducimos casi sin darnos cuenta en un verdadero Jardín Umbrío, la parte más intimista y recogida de éste singular establecimiento hotelero. Un lugar especial que nos conduce a realizar una parada, frente al hermoso mar de la Ría de Vigo, rodeados de altas Camelias, que desmenuzan sus flores como si fuesen copos de nieve de distintos colores, que en ondulantes volutas, descienden desde las copas hasta el suelo húmedo y lo cubren brillantemente con el cromatismo de sus pétalos.
Hay lugares que están tocados por la Historia y por su singularidad. En ese mismo lugar en donde el Jardín Umbrío de Camelias nos conduce a la meditación, posiblemente un sacerdote Druída miraba hacia el cielo, hace dos mil años, sentado sobre una roca con dibujos rupestres y entre grandes Robles, buscando los augurios del futuro cercano y contemplando el punto por donde el sol se hundía en el mar ignoto, para contar el tiempo que quedaba hasta la nueva siembra.
Y también, en el mismo lugar y sentado en el suelo, quizás ya sobre los pétalos de las primeras Camelias que habían llegado a Galicia, un monje franciscano del Monasterio de Agrelo, contemplaba como el Sol renacía por las colinas del Este y un rayo de la primera luz de la alborada, le traía las sensaciones de un monje budista, que en Oriente, tambien sentado sobre pétalos de Camelia, meditaba y esperaba pacientemente que la iluminación llegase a su ser.

© José C. García / Daniel Domínguez